EL HOMBRE PERFECTO de Linda Howard
¡¡Más Sam Donovan!!
Justo cuando apagaba los faros y el motor, captó un movimiento a su izquierda. El corazón se le subió de un salto a la garganta y entonces se dio cuenta de que era Sam, que bajaba de la entrada principal.
Sintió que la inundaba una sensación de alivio. Cogió el bolso y las bolsas de plástico de las compras y salió del coche.
-¿Dónde demonios has estado? -gritó Sam irguiéndose sobre ella mientras Jaine cerraba la portezuela del Viper.
No esperaba que empezase vociferando. Sobresaltada, se le cayó una de las bolsas.
-¡Maldita sea! -exclamó al tiempo que se agachaba para recogerla-. ¿Es que siempre tienes que asustarme?
-Alguien tiene que asustarte. -Sam la agarró por los brazos y la izó hasta ponerla a su altura. Iba sin camisa, y Jaine se encontró de cara contra sus músculos pectorales-. Son las ocho, es posible que haya por ahí un asesino rondándote, ¿y no te molestas siquiera en llamar para que alguien sepa dónde estás? ¡Te mereces más que un simple susto!
Jaine estaba cansada y nerviosa, la lluvia iba arreciando por minutos, y no estaba de humor para que nadie le gritase. Levantó la cabeza para mirar furiosa a Sam, con el agua chorreando por la cara.
-¡Tú mismo me dijiste que me comprase un identificador de llamadas y un teléfono móvil, así que si llego tarde ha sido idea tuya!
-¿Has tardado tres jodidas horas en hacer lo que una persona normal hace en media hora?
¿Estaba diciéndole que ella no era normal? Muy enfadada, Jaine apoyó ambas manos en el pecho desnudo de Sam y lo empujó lo más fuerte que pudo.
-¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones?
Él se tambaleó quizás un centímetro.
-¡Hace como una semana! -contestó furioso, y la besó.
Su boca era dura y agresiva, y el corazón le latía igual que una taladradora. Como sucedía siempre que la besaba, fue como si el tiempo desapareciera y dejara tan sólo el aquí y el ahora. Jaine se sintió llena del sabor de Sam; notaba su piel desnuda caliente al tacto, a pesar de la lluvia que los empapaba a los dos. Sam la aprisionó contra sí rodeándola con los brazos con una fuerza tal que ella no podía inhalar profundamente, y sintió contra su vientre el empuje de su erección.
Sam estaba temblando, y de pronto Jaine comprendió lo asustado que había estado por ella. Era grande y de aspecto rudo, y lo bastante fuerte para hacer frente a un buey; seguramente todos los días veía, sin inmutarse, cosas que harían a una persona corriente encogerse de horror. Pero aquella noche estaba asustado... asustado por ella.
De repente experimentó un dolor en el pecho, como si le oprimieran el corazón. Le flaquearon las rodillas y se dejó caer hacia él, fundiéndose con él, alzándose de puntillas para responder a su beso con igual fuerza, igual pasión. Sam emitió un gemido profundo; el beso se transformó y la rabia se difuminó para ser sustituida por un violento apetito. Jaine se había rendido totalmente, pero aquello no parecía bastarle a Sam, porque le hundió una mano en el cabello y tiró de la cabeza hacia atrás para arquearle el cuello y dejar al descubierto la garganta, a merced de su boca. La lluvia le mojaba el rostro, y Jaine cerró los ojos impotente bajo su garra de acero, sin desear estar en ningún otro lugar.
Tras las sacudidas emocionales de los días pasados, Jaine necesitaba perderse en lo físico, expulsar todo el dolor y el miedo, y sentir sólo a Sam, pensar sólo en Sam. Él le levantó los pies del suelo y empezó a caminar con ella, y ella no protestó excepto cuando dejó de besarla, no forcejeó excepto para acercarse más a él.
-Maldita sea, ¿quieres dejar de moverte? -gruñó Sam con la voz tensa, situándola a un costado mientras subía los peldaños de su propia casa.
-¿Por qué? -La voz de Jaine sonó espesa, sensual. No sabía que su garganta fuera capaz de algo así.
-Porque si no paras, voy a correrme dentro de los vaqueros -medio gritó él profundamente frustrado.
Jaine meditó sobre el problema de Sam quizá por espacio de unos segundos. Ya que la única manera de estar segura de no sobreexcitarlo era librarse de sus brazos y no tocarlo en absoluto, aquello significaba privarse a sí misma de algo.
-Pues sufre -le dijo.
-¿Que sufra? -Sonó ofendido.
Abrió de un manotazo la puerta principal y llevó a Jaine adentro. La sala de estar estaba a oscuras, la única luz se filtraba desde la cocina. Sam olía a sexo, a lluvia y a pelo mojado. Jaine intentó recorrer aquellos anchos hombros con las manos y se vio estorbada por el bolso y las bolsas de las compras. Con gesto impaciente, dejó caer todo al suelo y acto seguido se pegó a Sam igual que una lapa.
Maldiciendo, Sam dio unos cuantos pasos tambaleantes y aplastó a Jaine contra la pared. Buscó el pantalón de ella con manos impacientes y atacó el botón y la cremallera hasta que el botón salió volando y la cremallera cedió. El pantalón resbaló hasta el suelo y quedó arrugado a los pies. Jaine se quitó los zapatos y él la levantó para liberarla del montón de ropa. Inmediatamente enroscó las piernas alrededor de sus caderas, en un frenético intento de pegarse más a él, de fundir los cuerpos de ambos y aliviar aquella ardiente necesidad que la abrasaba por dentro.
-¡Todavía no!
Jadeando, Sam inclinó su peso contra ella para sujetarla contra la pared y despegó sus piernas de alrededor de las caderas. Con la caja torácica oprimida por el peso de Sam, Jaine sólo consiguió emitir el primer gemido de protesta antes de que él enganchara los dedos en la cinturilla de las bragas y tirase de ellas hacia abajo.
Oh.
Jaine intentó pensar por qué quería hacerlo esperar otras dos semanas, como mínimo, tal vez un ciclo menstrual entero. No se le ocurrió nada razonable, teniendo en cuenta que tenía mucho miedo de que la misma persona que mató a Marci pudiera tener en su punto de mira al resto del grupo y que se daría de patadas si muriera sin saber lo que era hacer el amor con Sam. Allí mismo, en aquel momento, no había nada que fuera más importante que tomar la medida a aquel hombre.
Apartó las bragas de una patada, Sam la levantó una vez más, y ella volvió a enroscarse alrededor de él. Los nudillos de Sam le rozaron las piernas cuando se desabrochó los vaqueros y los dejó caer al suelo. Jaine contuvo la respiración cuando cayó la última barrera entre ambos y sintió aquel pene presionar contra ella, desnudo y en celo, buscando. Sintió una oleada de placer que hizo chisporrotear sus terminaciones nerviosas. Se arqueó desesperada buscando más, necesitando más.
Sam lanzó un juramento en voz baja y levantó a Jaine sólo un poco más para ajustar su posición. Ella sintió cómo la cabeza del pene la sondeaba, suave, caliente y dura, y después una sensación de placer casi increíble que la inundó cuando Sam cedió ligeramente y dejó que ella cayera por su peso sobre su verga. Su cuerpo se resistió al principio y luego empezó a dilatarse y a aceptarlo, centímetro a centímetro. Sintió que todo dentro de ella empezaba a tensarse a medida que la invadía un mar de sensaciones...
En aquel momento Sam se detuvo, con la respiración agitada y el rostro hundido contra su cuello. Con la voz amortiguada, le dijo:
-¿Has empezado a tomar la píldora?
Jaine clavó las uñas en sus hombros desnudos, casi sollozando de necesidad. ¿Cómo podía detenerse en aquel preciso momento? Tenía dentro sólo la cabeza del pene, y no era suficiente, ni mucho menos. Sus músculos internos se contrajeron alrededor de él en un intento de absorberlo más profundamente, y un explosivo juramento salió de la garganta de Sam.
-Maldita sea, Jaine, ¿has empezado a tomar la pildora?
-Sí -logró decir ella por fin, en un tono casi tan áspero como el de él.
Sam la aprisionó contra la pared y con un fuerte impulso la penetró del todo.
Jaine se oyó a sí misma gritar, pero lo percibió como un sonido distante. Todas las células de su cuerpo estaban concentradas en la gruesa verga que entraba y salía de ella, en su ritmo duro y rápido, y alcanzó el orgasmo de esa misma forma. Sintió un cúmulo de sensaciones explotar en su interior y se arqueó contra Sam, gritando, sacudiendo las caderas y con todo el cuerpo estremecido. El resto del mundo desapareció por completo.
Él se corrió un segundo más tarde, entrando en ella casi con fuerza brutal. Jaine chocaba contra la pared a cada impulso, resbalando por su propio peso y obligando a Sam a penetrar aún más profundo, tanto que se tensó convulsivamente y alcanzó un nuevo clímax.
Al terminar, Sam se apoyó pesadamente contra ella, con la piel empapada de lluvia y sudor. Respiraba agitadamente y su pecho se hinchaba cada vez que tomaba aire. La casa estaba oscura y silenciosa excepto por el repiqueteo de la lluvia en el tejado y los jadeos de los sobrecargados pulmones de ambos. Jaine sentía el frescor de la pared en la espalda, pero resultaba incómodamente dura.
Intentó pensar en algo inteligente que decir, pero su mente se negaba a funcionar. Aquello era demasiado serio, demasiado importante, para hacer bromitas ingeniosas. De modo que cerró los ojos y apoyó la mejilla en el hombro de Sam mientras el galope de su corazón iba calmándose gradualmente y la parte baja de su cuerpo se relajaba alrededor de la verga de él.
Sam musitó algo ininteligible y sujetó a Jaine con más fuerza, sosteniéndola con un brazo alrededor de la espalda y el otro debajo de las nalgas, al tiempo que se quitaba del todo los vaqueros y se dirigía con paso inseguro al dormitorio. Todavía estaba dentro de ella, con su cuerpo anclado al suyo, cuando se inclinó sobre la cama y se acomodó encima de Jaine.
La habitación estaba fresca y oscura, la cama era ancha. Le quitó a Jaine la blusa de seda y el sujetador y lanzó ambas prendas al suelo. Entonces quedaron ambos totalmente desnudos, el pecho de él rozando los pezones de ella mientras comenzaba a moverse de nuevo. Esta vez el ritmo fue más lento pero no menos potente, y a cada embestida se introducía hasta la empuñadura.
Para sorpresa de Jaine, la fiebre volvió nuevamente. Creía estar demasiado exhausta para excitarse de nuevo, pero descubrió lo contrario. Se afianzó con las piernas al cuerpo de Sam y movió la pelvis hacia arriba para ir al encuentro de cada arremetida, aferrándolo, atrayéndolo aún más hacia su interior, y cuando se corrió el paroxismo fue todavía más intenso que los anteriores. Sam dejó escapar un sonido gutural y alcanzó el orgasmo mientras ella aún temblaba bajo su cuerpo.
