El diario rojo de Anita

Voy a crear un diario un poco subido de tono, agregando escenas eróticas de mis novelas favoritas y comentándolas un poco. Incluiré alguna que otra fantasía que se me ocurra y la acompañaré de alguna foto "interesante"... ejem.

Amantes

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EL HOMBRE PERFECTO de Linda Howard

¡¡Más Sam Donovan!! Enamorado 

 

 

Justo cuando apagaba los faros y el motor, captó un movimien­to a su izquierda. El corazón se le subió de un salto a la garganta y entonces se dio cuenta de que era Sam, que bajaba de la entrada prin­cipal.

Sintió que la inundaba una sensación de alivio. Cogió el bolso y las bolsas de plástico de las compras y salió del coche.

-¿Dónde demonios has estado? -gritó Sam irguiéndose sobre ella mientras Jaine cerraba la portezuela del Viper.

No esperaba que empezase vociferando. Sobresaltada, se le cayó una de las bolsas.

-¡Maldita sea! -exclamó al tiempo que se agachaba para reco­gerla-. ¿Es que siempre tienes que asustarme?

-Alguien tiene que asustarte. -Sam la agarró por los brazos y la izó hasta ponerla a su altura. Iba sin camisa, y Jaine se encontró de cara contra sus músculos pectorales-. Son las ocho, es posible que haya por ahí un asesino rondándote, ¿y no te molestas siquiera en lla­mar para que alguien sepa dónde estás? ¡Te mereces más que un sim­ple susto!

Jaine estaba cansada y nerviosa, la lluvia iba arreciando por mi­nutos, y no estaba de humor para que nadie le gritase. Levantó la ca­beza para mirar furiosa a Sam, con el agua chorreando por la cara.

-¡Tú mismo me dijiste que me comprase un identificador de lla­madas y un teléfono móvil, así que si llego tarde ha sido idea tuya!

-¿Has tardado tres jodidas horas en hacer lo que una persona normal hace en media hora?

¿Estaba diciéndole que ella no era normal? Muy enfadada, Jaine apoyó ambas manos en el pecho desnudo de Sam y lo empujó lo más fuerte que pudo.

-¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones?

Él se tambaleó quizás un centímetro.

-¡Hace como una semana! -contestó furioso, y la besó.

Su boca era dura y agresiva, y el corazón le latía igual que una ta­ladradora. Como sucedía siempre que la besaba, fue como si el tiem­po desapareciera y dejara tan sólo el aquí y el ahora. Jaine se sintió lle­na del sabor de Sam; notaba su piel desnuda caliente al tacto, a pesar de la lluvia que los empapaba a los dos. Sam la aprisionó contra sí ro­deándola con los brazos con una fuerza tal que ella no podía inhalar profundamente, y sintió contra su vientre el empuje de su erección.

Sam estaba temblando, y de pronto Jaine comprendió lo asustado que había estado por ella. Era grande y de aspecto rudo, y lo bastante fuerte para hacer frente a un buey; seguramente todos los días veía, sin inmutarse, cosas que harían a una persona corriente encogerse de horror. Pero aquella noche estaba asustado... asustado por ella.

De repente experimentó un dolor en el pecho, como si le opri­mieran el corazón. Le flaquearon las rodillas y se dejó caer hacia él, fundiéndose con él, alzándose de puntillas para responder a su beso con igual fuerza, igual pasión. Sam emitió un gemido profundo; el beso se transformó y la rabia se difuminó para ser sustituida por un violento apetito. Jaine se había rendido totalmente, pero aquello no parecía bastarle a Sam, porque le hundió una mano en el cabello y tiró de la cabeza hacia atrás para arquearle el cuello y dejar al descubierto la garganta, a merced de su boca. La lluvia le mojaba el rostro, y Jaine cerró los ojos impotente bajo su garra de acero, sin desear estar en ningún otro lugar.

Tras las sacudidas emocionales de los días pasados, Jaine necesita­ba perderse en lo físico, expulsar todo el dolor y el miedo, y sentir sólo a Sam, pensar sólo en Sam. Él le levantó los pies del suelo y em­pezó a caminar con ella, y ella no protestó excepto cuando dejó de be­sarla, no forcejeó excepto para acercarse más a él.

-Maldita sea, ¿quieres dejar de moverte? -gruñó Sam con la voz tensa, situándola a un costado mientras subía los peldaños de su propia casa.

-¿Por qué? -La voz de Jaine sonó espesa, sensual. No sabía que su garganta fuera capaz de algo así.

-Porque si no paras, voy a correrme dentro de los vaqueros -medio gritó él profundamente frustrado.

Jaine meditó sobre el problema de Sam quizá por espacio de unos segundos. Ya que la única manera de estar segura de no sobreexcitarlo era librarse de sus brazos y no tocarlo en absoluto, aquello signifi­caba privarse a sí misma de algo.

-Pues sufre -le dijo.

-¿Que sufra? -Sonó ofendido.

Abrió de un manotazo la puerta principal y llevó a Jaine adentro. La sala de estar estaba a oscuras, la única luz se filtraba desde la coci­na. Sam olía a sexo, a lluvia y a pelo mojado. Jaine intentó recorrer aquellos anchos hombros con las manos y se vio estorbada por el bol­so y las bolsas de las compras. Con gesto impaciente, dejó caer todo al suelo y acto seguido se pegó a Sam igual que una lapa.

Maldiciendo, Sam dio unos cuantos pasos tambaleantes y aplastó a Jaine contra la pared. Buscó el pantalón de ella con manos impa­cientes y atacó el botón y la cremallera hasta que el botón salió volan­do y la cremallera cedió. El pantalón resbaló hasta el suelo y quedó arrugado a los pies. Jaine se quitó los zapatos y él la levantó para libe­rarla del montón de ropa. Inmediatamente enroscó las piernas alrede­dor de sus caderas, en un frenético intento de pegarse más a él, de fun­dir los cuerpos de ambos y aliviar aquella ardiente necesidad que la abrasaba por dentro.

-¡Todavía no!

Jadeando, Sam inclinó su peso contra ella para sujetarla contra la pared y despegó sus piernas de alrededor de las caderas. Con la caja torácica oprimida por el peso de Sam, Jaine sólo consiguió emitir el primer gemido de protesta antes de que él enganchara los dedos en la cinturilla de las bragas y tirase de ellas hacia abajo.

Oh.

Jaine intentó pensar por qué quería hacerlo esperar otras dos se­manas, como mínimo, tal vez un ciclo menstrual entero. No se le ocu­rrió nada razonable, teniendo en cuenta que tenía mucho miedo de que la misma persona que mató a Marci pudiera tener en su punto de mira al resto del grupo y que se daría de patadas si muriera sin sa­ber lo que era hacer el amor con Sam. Allí mismo, en aquel momento, no había nada que fuera más importante que tomar la medida a aquel hombre.

Apartó las bragas de una patada, Sam la levantó una vez más, y ella volvió a enroscarse alrededor de él. Los nudillos de Sam le roza­ron las piernas cuando se desabrochó los vaqueros y los dejó caer al suelo. Jaine contuvo la respiración cuando cayó la última barrera entre ambos y sintió aquel pene presionar contra ella, desnudo y en celo, buscando. Sintió una oleada de placer que hizo chisporrotear sus ter­minaciones nerviosas. Se arqueó desesperada buscando más, necesi­tando más.

Sam lanzó un juramento en voz baja y levantó a Jaine sólo un poco más para ajustar su posición. Ella sintió cómo la cabeza del pene la sondeaba, suave, caliente y dura, y después una sensación de placer casi increíble que la inundó cuando Sam cedió ligeramente y dejó que ella cayera por su peso sobre su verga. Su cuerpo se resistió al princi­pio y luego empezó a dilatarse y a aceptarlo, centímetro a centímetro. Sintió que todo dentro de ella empezaba a tensarse a medida que la in­vadía un mar de sensaciones...

En aquel momento Sam se detuvo, con la respiración agitada y el rostro hundido contra su cuello. Con la voz amortiguada, le dijo:

-¿Has empezado a tomar la píldora?

Jaine clavó las uñas en sus hombros desnudos, casi sollozando de necesidad. ¿Cómo podía detenerse en aquel preciso momento? Tenía dentro sólo la cabeza del pene, y no era suficiente, ni mucho menos. Sus músculos internos se contrajeron alrededor de él en un intento de absorberlo más profundamente, y un explosivo juramento salió de la garganta de Sam.

-Maldita sea, Jaine, ¿has empezado a tomar la pildora?

-Sí -logró decir ella por fin, en un tono casi tan áspero como el de él.

Sam la aprisionó contra la pared y con un fuerte impulso la pene­tró del todo.

Jaine se oyó a sí misma gritar, pero lo percibió como un sonido distante. Todas las células de su cuerpo estaban concentradas en la gruesa verga que entraba y salía de ella, en su ritmo duro y rápido, y alcanzó el orgasmo de esa misma forma. Sintió un cúmulo de sensa­ciones explotar en su interior y se arqueó contra Sam, gritando, sacu­diendo las caderas y con todo el cuerpo estremecido. El resto del mundo desapareció por completo.

Él se corrió un segundo más tarde, entrando en ella casi con fuer­za brutal. Jaine chocaba contra la pared a cada impulso, resbalando por su propio peso y obligando a Sam a penetrar aún más profundo, tanto que se tensó convulsivamente y alcanzó un nuevo clímax.

Al terminar, Sam se apoyó pesadamente contra ella, con la piel empapada de lluvia y sudor. Respiraba agitadamente y su pecho se hinchaba cada vez que tomaba aire. La casa estaba oscura y silenciosa excepto por el repiqueteo de la lluvia en el tejado y los jadeos de los sobrecargados pulmones de ambos. Jaine sentía el frescor de la pared en la espalda, pero resultaba incómodamente dura.

Intentó pensar en algo inteligente que decir, pero su mente se ne­gaba a funcionar. Aquello era demasiado serio, demasiado importan­te, para hacer bromitas ingeniosas. De modo que cerró los ojos y apo­yó la mejilla en el hombro de Sam mientras el galope de su corazón iba calmándose gradualmente y la parte baja de su cuerpo se relajaba alre­dedor de la verga de él.

Sam musitó algo ininteligible y sujetó a Jaine con más fuerza, sos­teniéndola con un brazo alrededor de la espalda y el otro debajo de las nalgas, al tiempo que se quitaba del todo los vaqueros y se dirigía con paso inseguro al dormitorio. Todavía estaba dentro de ella, con su cuerpo anclado al suyo, cuando se inclinó sobre la cama y se acomo­dó encima de Jaine.

La habitación estaba fresca y oscura, la cama era ancha. Le quitó a Jaine la blusa de seda y el sujetador y lanzó ambas prendas al suelo. Entonces quedaron ambos totalmente desnudos, el pecho de él ro­zando los pezones de ella mientras comenzaba a moverse de nuevo. Esta vez el ritmo fue más lento pero no menos potente, y a cada em­bestida se introducía hasta la empuñadura.

Para sorpresa de Jaine, la fiebre volvió nuevamente. Creía estar demasiado exhausta para excitarse de nuevo, pero descubrió lo con­trario. Se afianzó con las piernas al cuerpo de Sam y movió la pelvis hacia arriba para ir al encuentro de cada arremetida, aferrándolo, atra­yéndolo aún más hacia su interior, y cuando se corrió el paroxismo fue todavía más intenso que los anteriores. Sam dejó escapar un soni­do gutural y alcanzó el orgasmo mientras ella aún temblaba bajo su cuerpo.

EL HOMBRE PERFECTO de Linda Howard

Mmmm!! Aquí os traigo otra escena de Sam, que, por lo que sea, me encanta! Sueño yo con una escena así en mi vida, aunque quizás cambiaría el final de la misma....jajajajaja!! Ya veréis, ya... Esta Jaine tiene salidas para todo.

Resumo: Jaine está tranquilamente lavando su querido coche, en el camino de entrada de su casa, todo feliz y contenta, cuando de repente, mi adorado Sam Donovan, le sorprende por la espalda, dándole un susto de muerte. Ella se venga empapándole con la manguera, hasta que el ataca, inmovilizándola entre el coche y su cuerpo...mmmmmmmmm.....

 

 

Sam tenía las pestañas llenas de gotitas de agua.

-Me ha mojado adrede -la acusó, como si no pudiera creer que ella hubiera hecho semejante cosa.

-Usted me ha asustado -lo acusó Jaine a su vez-. Ha sido sin querer.

-Eso ha sido la primera vez. La segunda vez, lo ha hecho a pro­pósito.

Ella afirmó con la cabeza.

-Y ha dicho «mierda» y «maldita sea». Me debe cincuenta centavos.

-Ahora tengo reglas nuevas. Usted no puede incitarme a la vio­lencia y después multarme por recurrir a la violencia.

-¿Está tratando de librarse de pagarme? -preguntó Sam, incré­dulo.

-Así es. Todo es culpa suya.

-¿Cómo es eso?

-Me ha asustado adrede, no intente negarlo. Eso hace que la cul­pa en primer lugar le corresponda a usted. -Probó a debatirse un poco para zafarse de la presión que ejercía Sam con su peso. Maldita sea, cuánto pesaba. Y estaba casi tan rígido como la chapa de metal que tenía detrás.

Sam aplastó su intento de fuga apretándose aún más contra ella. El agua que le empapaba la ropa empezó a gotear por las piernas de Jaine.

-¿Y la segunda vez?

-Usted ha dicho j... -Jaine se interrumpió a sí misma-. Mis dos tacos juntos no son, ni mucho menos, tan groseros como el único que ha pronunciado usted.

-¿Qué pasa? ¿Ahora tenemos un sistema de puntos?

Jaine lo fulminó con la mirada.

-Mire, yo no habría dicho ninguna de esas dos cosas si: (a), us­ted no me hubiera asustado, y (b), usted no me hubiera lanzado un taco la primera vez.

-Puestos a echar las culpas, yo no habría dicho un taco si usted no me hubiera mojado.

-Y yo no lo habría mojado si usted no me hubiera asustado. ¿Lo ve? Ya le he dicho que todo es culpa suya -dijo Jaine en tono triun­fante, ladeando la mandíbula.

Sam respiró hondo. Aquel movimiento de su pecho aplastó los pechos de Jaine aún más de lo que ya estaban y la hizo tomar con­ciencia de sus pezones. Sus pezones tenían plena conciencia de la pre­sencia de él. Oh. Sus ojos se agrandaron, súbitamente alarmados.

Sam la observaba con una expresión indescifrable.

-Suélteme -le espetó, más nerviosa de lo que le importaba ocultar.

-No.

-¿Que no? -repitió Jaine-. No puede decir que no. Retener­me contra mi voluntad es ilegal.

-No la estoy reteniendo contra su voluntad; la estoy reteniendo contra su coche.

-¡Por la fuerza!

Él lo reconoció encogiéndose de hombros. No parecía estar muy alarmado por la perspectiva de infringir alguna ley que prohibiera maltratar a vecinas.

-Suélteme -volvió a decir Jaine.

-No puedo.

Ella lo miró suspicaz.

-¿Por qué no? -En realidad temía saber por qué no. Aquel «por qué no» llevaba ya unos minutos aumentando de tamaño dentro de los pantalones mojados de Sam. Jaine estaba haciendo todo lo hu­manamente posible para ignorarlo, y de cintura para arriba, excepto por los indisciplinados pezones, lo estaba logrando. De cintura para abajo había caído en un abyecto fracaso.

-Porque voy a hacer algo de lo que me arrepentiré. -Sam sacu­dió la cabeza en un gesto negativo, como si no se comprendiera a sí mismo-. Sigo sin tener a mano un látigo y una silla, pero qué diablos, me arriesgaré.

-Espere -gimió Jaine, pero ya era demasiado tarde.

Vio cómo bajaba hacia ella su cabeza oscura.

La tarde desapareció de repente. De lejos, en la calle, le llegó el grito de un niño que rompía a reír. Pasó un coche. El ruido amorti­guado de unas tijeras de podar alcanzó sus oídos. Todo aquello pare­ció lejano y desconectado de la realidad. Lo real era la boca de Sam sobre la suya, aquella lengua que se enredaba con la suya, el aroma mas­culino de su cuerpo que penetraba por sus fosas nasales y le llenaba los pulmones. Y el sabor... oh, aquel sabor. Sam sabía a chocola­te, como si acabase de comer una chocolatina. Sintió deseos de devo­rarlo.

Jaine reparó en que estaba aferrándose con los puños a la tela mo­jada. De una en una, sin interrumpir el beso, separó las manos de la ca­miseta de Sam y las colocó alrededor de su cuello, permitiéndole aco­modarse más plenamente contra ella, desde el hombro hasta la rodilla.

¿Cómo era posible que un simple beso la excitara de aquella for­ma? Pero no era un simple beso; Sam empleaba todo su cuerpo, ro­zándole los pezones contra su pecho hasta que la fricción los hizo er­guirse, duros y sensibles, moviendo el bulto que formaba su erección contra el estómago de ella en un ritmo lento y sutil que de todos mo­dos resultaba más potente que una ola marina.

Jaine oyó el sonido salvaje y ahogado que surgió de su propia garganta e intentó trepar por el cuerpo de Sam, elevarse hasta una po­sición en la que aquel bulto surtiera el máximo efecto. Estaba ardien­do, abrasada de calor, medio enloquecida por aquel súbito embate de necesidad y frustración sexual.

Sam todavía sostenía la manguera en una mano. Rodeó a Jaine con los brazos y la levantó los pocos centímetros que hacían falta. El chorro de agua se arqueó peligrosamente, salpicó a Bubú y lo hizo sal­tar a un lado con un bufido de enfado, luego chocó contra el coche y los empapó aún más a ellos dos. Pero a Jaine no le importó. Tenía la lengua de Sam dentro de su boca y las piernas alrededor de las caderas de él, y aquel bulto estaba justo donde quería que estuviera.

Sam se movió -otro de aquellos roces sutiles- y Jaine a punto estuvo de alcanzar el climax allí mismo. Hundió las uñas en la espalda de Sam y emitió un sonido gutural al tiempo que se arqueaba en sus brazos.

Sam apartó su boca de la de ella. Estaba jadeante, con una expre­sión ardiente y salvaje en los ojos.

-Vamos adentro -dijo en un tono tan grave y ronco que casi re­sultó ininteligible, poco más que un gruñido.

-No -gimió Jaine-. ¡No te pares! -Oh, Dios estaba cerca, muy cerca. Volvió a arquearse contra él.

-¡Por Dios santo! -Sam cerró los ojos. Apenas podía reprimir una expresión contraída por el deseo-. Jaine, no puedo follarte aquí fuera. Tenemos que entrar.

¿Follar? ¿Dentro?

¡Dios del cielo, estaba a punto de hacerlo con él y aún no había empezado a tomar la pildora!

-¡Espera! -chilló presa del pánico, empujando contra sus hom­bros y desenrollando las piernas para ponerse a dar patadas-. ¡Para! ¡Suéltame!

-¿Que pare? -dijo él, desconcertado-. ¡Pero si no hace ni un segundo me has dicho que no pare!

-He cambiado de idea. -Aún seguía empujándolo en los hom­bros. Aún seguía sin conseguir absolutamente nada.

-¡No puedes cambiar de idea! -Ya parecía desesperado.

-Sí que puedo.

-¿Tienes herpes?

-No.

-¿Sífilis?

-No.

-¿Gonorrea?

-No.

-¿Sida?

-¡No!

-Entonces no puedes cambiar de idea.

-Lo que tengo es un óvulo maduro.

Video EL HOMBRE PERFECTO de Linda Howard

EL HOMBRE PERFECTO de Linda Howard

Mi hombre perfecto, Sam Donovan, que está como un quesito!! Aquí pongo un pequeño pedacito de él. Prometo poner más.

 

 

Lo que sucedió a continuación no fue culpa suya. Jaine estaba de pie junto al fregadero, lavando la taza que había usado, cuando se en­cendió la luz de la cocina de la casa de enfrente y entró Sam en su cam­po visual.

Jaine dejó de respirar. Los pulmones se le encogieron.                                                       -Santo cielo bendito -murmuró, y entonces consiguió inhalar aire.

Estaba viendo una porción mayor de Sam de la que había espera­do ver nunca; en realidad, lo estaba viendo todo. Sam estaba de pie en­frente del frigorífico, completamente desnudo. Apenas tuvo tiempo de admirar sus posaderas antes de que él sacara una botella de zumo de naranja, desenroscase el tapón y se lo llevara a la boca al tiempo que daba media vuelta.

Jaine olvidó las posaderas. Resultaba más impresionante viniendo que yendo, y eso ya era decir algo, porque tenía un culito de lo más mono. Aquel hombre estaba soberbiamente dotado.

-Dios mío, Bubú -dijo con una exclamación ahogada-. ¡Fíjate!

Lo cierto era que Sam estaba buenísimo por todas partes. Era alto, de cintura delgada y musculatura fuerte. Jaine clavó la mirada un poco más arriba y vio que poseía un pecho atractivo y velloso. Ya sa­bía que era guapo de cara, si bien la tenía un tanto magullada. Ojos os­curos y sexy, dientes blancos y una risa agradable. Y soberbiamente dotado.

Se llevó una mano al pecho. El corazón estaba haciendo algo más que latir con fuerza; estaba intentando abrirse paso a golpes a través del esternón. A aquella excitación se unieron también otras partes de su cuerpo. En un instante de locura, pensó en correr hacia su casa y servirle de colchón.

Ajeno al tumulto que tenía lugar en el interior de Jaine, además de la impresionante vista que se le ofrecía al otro lado de la ventana, Bubú continuaba lamiéndose las patas. Resultaba obvio que sus prio­ridades eran una auténtica diversión.

Jaine se agarró del fregadero para no desmoronarse y terminar en el suelo. Menos mal que había renunciado a los hombres, porque de lo contrario tal vez hubiera cruzado a la carrera los dos caminos de en­trada y se hubiera presentado directamente en la puerta de la cocina del vecino. Pero con hombres o sin ellos, todavía apreciaba el arte, y su vecino era una obra de arte, una mezcla entre la clásica estatua grie­ga y una estrella del porno.

No le apetecía en absoluto hacerlo, pero tenía que decirle que ce­rrase las cortinas; era lo propio por parte de una vecina, ¿no? Ciega­mente, sin querer perderse ni un momento del espectáculo, fue a co­ger el teléfono, pero se detuvo. No sólo no sabía su número, sino que ni siquiera sabía cómo se apellidaba. Menuda vecina era; llevaba dos semanas y media viviendo allí y todavía no se había presentado, aun­que si él era buen policía habría averiguado el nombre de ella. Por su­puesto, él tampoco había corrido a presentarse. Si no fuera por la se­ñora Kulavich, Jaine ni sabría que su nombre de pila era Sam.

Pero aquello no la amilanó. Había anotado el número de teléfono de la señora Kulavich, y logró despegar la mirada del espectáculo que tenía delante durante el tiempo suficiente para leerlo. Marcó el núme­ro, preocupada aunque ya era tarde, de que tal vez no se hubieran levantado aún de la cama.

La señora Kulavich respondió al primer timbrazo.

-¡Diga! -contestó con un entusiasmo tal, que Jaine supo que no la había despertado.

-Hola, señora Kulavich, soy Jaine Bright, su vecina de al lado. ¿Qué tal está? -Había que obedecer las normas de cortesía, y con las generaciones más mayores eso podía llevar algún tiempo. Albergaba la esperanza de tardar unos diez o quince minutos. Observó cómo Sam apuraba el zumo de naranja y arrojaba el recipiente vacío.

-¡Oh, Jaine! ¡Cuánto me alegro de hablar con usted! -dijo la señora Kulavich como si ella hubiera estado de viaje fuera del país, o algo así. Evidentemente, la señora Kulavich era una de esas personas que hablan con signos de exclamación cuando están al teléfono-. ¡Estamos bien, muy bien! ¿Y usted?

-Bien -respondió Jaine de modo automático, sin perderse un minuto de la acción. Ahora Sam estaba sacando la leche. ¡Dios santo! ¡No iría a mezclar leche con zumo de naranja! Abrió el envase y lo olisqueó. Sus bíceps se contrajeron al levantar el brazo-. Dios de los cielos -susurró Jaine. Quedó claro que la leche no había superado la inspección, porque Sam echó la cabeza hacia atrás y dejó el cartón a un lado.

-¿Cómo ha dicho? -dijo la señora Kulavich.

-Er... He dicho bien, sólo bien. -Jaine apartó la atención del derrotero caprichoso que llevaba-. Señora Kulavich, ¿cómo se ape­llida Sam? Necesito llamarlo para una cosa. -Menudo eufemismo.

-Donovan, querida. Sam Donovan. Pero yo tengo su número. Es el mismo que tenían sus abuelos. De lo cual me alegro, porque así lo recuerdo sin esfuerzo. Resulta más fácil hacerse viejo que hacerse sabio, ya sabe. -Se rió de su propio ingenio.

Jaine rió también, aunque no supo de qué. Buscó a tientas un lá­piz. La señora Kulavich le recitó despacio el número y Jaine lo anotó, lo cual no era nada fácil de hacer sin mirar lo que estaba escribiendo. Tenía los músculos del cuello agarrotados en la posición vertical, así que no le quedaba más remedio que mirar hacia la cocina de la casa de al lado.

Dio las gracias a la señora Kulavich y se despidió, y a continua­ción respiró hondo. Tenía que hacerlo. Por mucho daño que le causa­ra, por mucho que la privara de algo importante, tenía que llamar a Sam. Aspiró otra bocanada de aire y marcó su número. Vio que él cruzaba la cocina y tomaba un teléfono inalámbrico. Estaba de pie, de perfil respecto a ella. Madre mía.

Se le llenó la boca de saliva. Aquel maldito hombre la tenía ba­beando.

-Donovan.

Su voz profunda sonó ronca, como si aún no estuviera despierto del todo, y aquella única palabra tenía un tono de irritación.

-Er... ¿Sam?

-¿Sí?

No es que fuera la más entusiasta de las reacciones. Jaine intentó tragar saliva y descubrió que le costaba hacerlo con la lengua colgan­do. Volvió a introducirla en la boca y lanzó un suspiro de arrepenti­miento.

-Soy Jaine, su vecina. Odio tener que decirle esto, pero quizá debiera usted... cerrar las cortinas.

Él giró a toda velocidad para mirar de frente a la ventana, y los dos se observaron fijamente el uno al otro. Sam no se apartó hacia un lado ni se agachó para que Jaine no lo viera, ni hizo nada que pudiera indicar vergüenza. En vez de eso, sonrió abiertamente. Maldición, ojalá no hubiera hecho tal cosa.

-Se ha dado un buen lote, ¿eh? -le preguntó al tiempo que se acercaba a la ventana y estiraba la mano hacia las cortinas.

-Pues sí. -Se había pasado cinco minutos enteros sin parpa­dear, por lo menos-. Gracias. -Sam cerró las cortinas, y al instante todo su cuerpo se puso de luto.

-Ha sido un placer -rió él-. Tal vez un día pueda devolverme el favor.

Colgó antes de que Jaine pudiera replicar, lo cual fue una suerte, porque estaba sin habla. Mientras bajaba las persianas se dio mental­mente una palmada en la frente. ¡Idiota! Lo único que tenía que hacer en cualquier momento era cerrar sus propias persianas.

-Sí, debo de ser idiota -le dijo a Bubú.

La trastornó la idea de desvestirse enfrente de él... y también la excitó. ¿Qué era, una exhibicionista? Nunca lo había sido en el pasa­do, pero ahora... Tenía los pezones duros, le sobresalían como si fue­ran dos frambuesas, y en cuanto al resto de su cuerpo... Bueno. Nunca le había gustado el sexo casual, pero aquel súbito deseo por Sam el tipejo, precisamente él, la había dejado anonadada. ¿Cómo podía pa­sar de tipejo a tío bueno con sólo quitarse la ropa?

-¿Tan superficial soy? -le preguntó a Bubú, y reflexionó un instante sobre ello, y después asintió-. Puedes apostar que sí.

Bubú maulló, evidentemente de acuerdo con ella.

Oh, Dios. ¿Cómo iba a poder mirar otra vez a Sam sin recordar cómo era desnudo? ¿Cómo iba a poder hablarle sin sonrojarse ni que notara que tenía un grave problema de calentón por su cuerpo? Se sen­tía mucho más cómoda teniéndolo de adversario que viéndolo como objeto de deseo. Prefería que sus objetos de deseo se mantuvieran a una distancia segura... digamos, en la pantalla de un cine.

Pero él no se había sentido violento, así que ¿por qué iba a sentir­se violenta ella? Ambos eran adultos, ¿no? Ya había visto hombres desnudos otras veces, sólo que nunca había visto a Sam. ¿Por qué no podía tener una barriga de bebedor de cerveza y una salchicha mar­chita, en lugar de unos abdominales duros como piedras y una impre­sionante erección matutina?

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Mayores de 18 años

Bueno, como veréis, este blog no es apto para menores de 18 años, porque puede contener archivos de alto contenido sexual. Así que depende de vosotros lo que hagáis. Yo ya he advertido. Un beso!!