Fantasías V
- Te voy a follar hasta que no puedas andar.
La voz masculina traspasó la neblina que envolvía su cerebro espesamente. ¿Follar? ¿Follar? Su sexo se humedeció con el solo pensamiento. Oh, sí. A su cuerpo le parecía una maldita buena idea. Sobre todo si el que la follaba era este hombre que estaba con ella.
Pero no podía hacer eso. Tenía una pareja allá fuera, en la vida real, que la estaría esperando cuando se dignara a regresar. Pero no quería volver, quería hacer precisamente lo que él le estaba susurrando provocativamente en el oído. Sexo. Puro y duro sexo salvaje. Eso era lo que quería. Lo que necesitaba. Su piel caliente así lo atestiguaba.
Quiso protestar, en un intento inútil de hacer recapacitar a su acompañante, porque no podía negarle nada que éste le pidiera, ni siquiera eso, y aún así él sabía. Sabía que había otro y eso era lo que más le enardecía e irritaba al mismo tiempo. La idea de arrebatarle la mujer a otro le era sumamente atractiva, pero le enfurecía tener que arrebatar precisamente algo que siempre había considerado suyo. Porque ella era suya. Siempre lo había sido y siempre lo sería. Pero la vida rara vez da lo que quieres. Era así de simple y complicado al mismo tiempo.
La cabeza le daba vueltas; definitivamente se le había ido la mano con el tequila... otra vez. Lo último que recordaba era estar en el coche, de vuelta al hotel donde se estaba quedando, después del concierto. Debió de quedar inconsciente de camino, era una suerte de que no le hubiese dado un coma etílico con la cantidad de veces que recordaba haber empinado el codo. Siempre que estaba cerca de él sentía la imperiosa necesidad de beber. Beber para no pensar. Beber para olvidar. Olvidar que lo amaba. Porque no era a él al que tenía que amar y se sentía impotente. No había nada que pudiera hacer para controlar sus traicioneros sentimientos.
Intentó masajearse las sienes con los dedos e impedir que todo siguiera en movimiento a su alrededor, sólo para percatarse que no podía. Sintió una presión en las muñecas cuando quiso bajar los brazos que tenía extendidos sobre su cabeza. Algo parecido a la madera crujió con el movimiento ¡Maldito fuese! El shock hizo que el efecto del alcohol se disipara un poco. Lo suficiente para tomar conciencia de la situación. Con la vista emborronada miró hacia abajo por su cuerpo... que él estaba concentrado en desnudar. ¡Hijo de puta! ¡La había atado a su cama! ¡Desnuda!
Una risa ronca y erótica la traspasó como una corriente eléctrica. Él había sentido su tensión y se estaba riendo de ella. No iba a ponérselo nada fácil.
Así pues, no estaban en el hotel y, definitivamente, no iba a poder hacer nada para detenerlo. No es que quisiera hacer tal cosa, pero a pesar de la cantidad de alcohol que tenía en las venas, su estricta voluntad de hierro se negaba a ser infiel... o eso quería creer. Habían pasado siglos desde la última vez que lo había visto, sólo eran unos niños, pero el tiempo no había hecho nada para curar su corazón. Simplemente, ella se había dedicado a seguir adelante con su vida, como si él no existiese y nunca lo hubiera hecho. Pero esta semana que llevaba allí de vacaciones, de vuelta al hogar, se había dado cuenta de que nada había cambiado. Sus sentimientos habían crecido exponencialmente con los años y la madurez, deseándolo de una forma tan intensa que rayaba con la obsesión. Nunca se había considerado una persona apasionada, pero en los últimos días sólo podía pensar en hacer el amor una y otra vez. De todas las posturas posibles y en cualquier lugar disponible. A cualquier hora del día o la noche. Un aquí te pillo, aquí te mato continuo.
Y su deseo estaba a punto de volverse realidad.
-No llores -una lengua pecaminosamente húmeda y cálida lamió sus lágrimas-, no voy a hacer nada que no desees.
Ella se quedó desconcertada. No había sido consciente de estar llorando, aunque tampoco la sorprendía; se sentía incapaz de afrontar la situación. Obviamente, él había malinterpretado sus lágrimas. Era precisamente por desearlo tanto que lloraba. Tampoco era una cosa que él necesitara saber en ese momento.
-Eres tan hermosa... -murmuró, su voz enronquecida. Sabía que para él siempre había sido hermosa y realmente la hacía sentirse así, a pesar del incontable número de defectos que tenía.
-Cuando estoy contigo me siento hermosa -susurró.
-He deseado esto durante tanto tiempo -confesó-. Pero estoy
cansado de esperar, tú nunca vendrás a mí por las buenas, así que lo harás por las malas -su lenta y tierna caricia desmintió el tono amenazante de su voz.
-Yo... -¿pero qué podía decir ella? Él estaba mortalmente decidido a terminar con lo que había empezado.
-No hace faltas que digas nada. Siempre puedes excusarte con que estabas indefensa si tu moral no puede soportarlo -su cinismo la hirió en lo más profundo del alma. Desde luego él no podía saber que ése no era el problema. Ella ya se había doblegado ante su férrea voluntad, aún a sabiendas de que luego tendría que enfrentarse a la inevitable rotura de un matrimonio, basado en la mentira de un amor inexistente. Ciertamente quería a su marido, lo respetaba y adoraba, en cierto modo, lo amaba, pero nunca con esta pasión y locura. Muy triste era darse cuenta tan tarde...
Más lágrimas rodaron por sus mejillas, fruto de la desesperación, pero no pudo hacer otra cosa que gemir cuando él cerró su boca sobre un pezón y lo chupó vorazmente, como si realmente se alimentara de él. Una descarga de deseo la sacudió, palpitando dolorosamente en su clítoris hinchado. Si tan solo pusiera la boca ahí...
A punto estuvo de correrse por imaginar sus calientes labios rodeando la pequeña protuberancia y golpeándola con la lengua. Jadeando, se arqueó sobre la cama, apretando su seno contra la boca avariciosa de él en muda súplica. Más, más, más... Era todo cuanto pedía.
Él aprovechó su posición para rodearle el torso con los brazos, pegando su plano pecho al abdomen femenino. Ella, entonces, se dio cuenta de que también estaba deliciosamente desnudo, su ardiente piel la quemaba y notaba el palpitar frenético de su corazón contra el estómago. Era increíblemente sensual.
Él se arrodilló entre sus piernas extendidas y su miembro duro, caliente y con un rastro de humedad de adhirió al interior de su muslo. Forcejeó desesperadamente con las ataduras, necesitando sentirlo, tocarlo... cualquier cosa. Se volvió completamente loca, perdió el control.
Levantando más su torso se pegó al cuerpo masculino estrechamente, su miembro palpitante rozando cruelmente su ingle.
-Ten paciencia, amor -respiró él entrecortadamente contra su pecho brillante por la saliva-, tenemos toda la noche...
Pero ella lo necesitaba ahora. Podrían jugar más tarde...
Retorciéndose bajo él, se abrazó a sus caderas con las piernas. Estaba tan cerca... Su polla palpitaba, rogando por entrar en ella, como ella rogaba por que entrara.
-Te necesito -susurró con voz ronca-. Ahora.
-No -su respuesta fue rotunda. Estaba dispuesto a saborear y torturar cada poro de su piel.
Su cuerpo sudoroso resbaló hacia abajo, haciendo un camino de besos húmedos en una dirección inequívoca. Oh, Dios. Oh, Dios. Lo iba a hacer. Su vagina se contrajo anticipadamente, dolorosamente vacía. Se detuvo en el monte de Venus, nunca lo suficientemente cerca, o no tanto como ella quería. Adelantó las caderas, sólo para ser retenida furiosamente contra el colchón por unas manos de acero que le quemaron la carne.
Él mordisqueó los labios de su sexo, haciéndola sufrir y retorcerse. El pañuelo que anudaba sus muñecas se clavaba un poco más en la sensible zona, pero ella no lo notó. Suavemente pasó la lengua por los pliegues, rozando sensualmente el clítoris. Ella tembló.
-¡Joder! -gruñó. Su voz ronca como si su seca garganta fuera papel de lija. La tensión cerrándola más.
Entonces envolvió el pequeño capullo con los labios y la penetró con dos dedos al mismo tiempo. Ella gritó sin aliento; sus dedos profundamente enterrados en su cuerpo y aún así no era suficiente. Pronto su lengua comenzó a trazar círculos alrededor del dolorido clítoris, aliviándolo y torturándolo al mismo tiempo. ¿Cómo era eso posible? Estaba tan cerca...
-¿Te gusta esto? -preguntó él, penetrándola con tres dedos ahora, enfatizando sus palabras.
-S-sí -jadeó ella-. Oh, sí. Pero... ¡joder! -exclamó cuando le acarició el clítoris con el pulgar, robándole el aliento de los pulmones.
-Pero... -instó él.
-Te... te necesito a ti.
-Sí -afirmó él-, y me tendrás.
Él se retiró, dejándola vacía y confundida. Sus manos le dieron la vuelta, los nudos en sus muñecas apretándose un poco más, inmovilizándola. La puso sobre sus rodillas y se colocó detrás. El glande acarició insinuante la entrada a su cuerpo, enviando temblores por su espina dorsal. Gimiendo, ondeó las caderas, apremiándolo, pero él se resistió.
Con una mano la agarró de la nuca, hundiendo su cara en la almohada, con la otra se agarró la polla, situándola en la entrada, después la agarró de la cadera y empujó duramente contra ella, enterrándose hasta la empuñadura. Ella ahogó un grito mordiendo la almohada, estremeciéndose violentamente por el placer que sentía. Oh, sí. Esto es lo que quería.
Con un gruñido salvaje, él se retiró casi completamente de ella sólo para volver a hundirse más fuerte y profundamente. No hubo descanso ni pausa. La taladró con fuerza bruta apenas contenida, gimiendo a cada estocada. Ella estaba sin aire, su cara hundida en el plumón, sus muslos eran gelatina, sólo se mantenía erguida por la garra sobre su cadera. Pero nada de eso importaba ahora, en ese mismo instante necesitaba la liberación más que respirar. Había perdido la noción de todo lo que la rodeaba. Sólo el placer y su vaina aferrando el miembro en su interior era lo que sentía. Lo que necesitaba para seguir con vida. Los poderosos muslos de él chocaban contra la parte posterior de los suyos y sus nalgas. Las pelotas golpeaban su clítoris a cada embate, desgarrándola de placer.
Estaba tan cerca...
Esta vez el no se detuvo.
-Vamos, cariño -gruñó entre golpe y golpe-. Quiero ver cómo te corres. Sentir como aferras mi polla con ese lindo coñito tuyo.
Sus palabras la hacían delirar y él continuaba penetrándola sin descanso, una vez y otra, y otra... Soltando el agarre sobre su nuca, le aferró ambas caderas con fuerza. Sus largos dedos llegaban a la ingle, provocándole escalofríos. Aumentó el ritmo frenéticamente y ella contuvo el aliento mientras su orgasmo se derramaba por su cuerpo, electrizando sus pezones aplastados contra el colchón; su piel se erizó completamente cuando gritó su liberación.
Sin aire en los pulmones aguantó las locas embestidas hasta que él también se corrió. Su semen caliente salió disparado a borbotones llenándola hasta rebosar.
-¡Oh, Dios! -exclamó él casi sin voz, mientras caía sobre ella y débilmente soltaba las ataduras. Le dio la vuelta suavemente y ella se acurrucó contra su cuerpo. Él la besó en los labios tiernamente-. Te quiero...
Te quiero... te quiero...
De repente abrió los ojos sobresaltada. Extendió los brazos a los lados. Una mano golpeó la pared, la otra cayó por el borde del colchón. Con un suspiro resignado afrontó la realidad: estaba sola. No marido, no amante, no nada.
Sola.
